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El Cetro de Flores (novela romantasy)

El Cetro de Flores es una novela romántica de fantasía no binaria con puntos de humor, tórrida y con protagonistas atípicos

Bárbara Raya

Un proyecto de

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Mataró
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6
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Un encuentro casual propiciará una atracción ardiente. Un amor recién nacido tendrá que luchar contra engaños y conspiraciones para salvarse a sí mismo y a una ciudad nacida de la magia...

La hermosa ciudad viva de Aeden promete paz y nuevos inicios a aquellos que han sido desposeídos de todo a causa de la guerra. Paradójicamente, ese paraíso de maravillas encantadas es también el hogar de los asexuados daemon y los hechiceros que provocaron el conflicto que ha causado cientos de víctimas a las cuales ahora pretenden ayudar...

En este entorno apacible, dos personas diametralmente opuestas se conocerán y, contra todo pronóstico, deberán enfrentarse al mundo juntos pese a sus diferencias. Mareen, el hermoso, delicado, descarado y promiscuo daemon, y Thalak, el leal, musculoso, masculino y brutalmente sincero orco, serán la clave para la salvación o la destrucción de la ciudad encantada… si es que son capaces de comprenderse a sí mismos y el uno al otro.

El Cetro de Flores es una novela romantasy con mucho worldbuilding y personajes no binarios descarados, orcos machotes, misterios y acusaciones de traición en una ciudad viva, sexo explícito, choques culturales y, claro está, un cetro mágico. El cetro desaparece prontito y no reaparece hasta el final, pero hay otros "cetros" sexys por medio...

Si te apetece una historia de amor diferente con protagonistas algo desastre, vulnerables e imperfectos, en una ciudad lujosa llena de luz, música, danza y gente andrógina, con un entorno de guerra y complots para destruirlo todo, huidas por pasillos encantados y apuestos guardias, ¡esta es tu novela!

Mareen: Protagonista. Daemon agénero muy, muy salido, le ataca la monogamia en forma de orco buenorro.

Thalak: Protagonista. Orco muy machote que llega a Aeden esperando encontrar la paz que no existe fuera de la ciudad. Y entonces, se topa con Mareen y todo es cuesta abajo.

Cuco: Hermana de Thalak. Sí, listillos, es adoptiva.

Kalroh: Daemon, consejero del Rey-Reina y tutor de Mareen. Tirando a estresado y borde.

Garel: Jefe de la guardia. Un tío guay.

Nic: Ex de Mareen.

Hay más personajes, pero quedaos con estos como esenciales por ahora...

Bárbara obtuvo el premio Vila de Martorell por su cuento Ocaso, y fue finalista del concurso literario de narración breve Syc en el Medio (Colombia) con el microrrelato Agua y aceite. Ha expuesto en la biblioteca de la Escuela Suiza de Barcelona, bajo el título "Bitácora de fantasía: viaje por una década de sueños". También ha hecho ilustraciones y portadas, entre otros para Japonés en Viñetas 2, de Norma Editorial; Curso de Historia de la Música (ICE de la Universidad de Barcelona); Imagen y Sonido (I.B. Ausiàs March); El Herrero de Tula (Ed. Punto Rojo); Ada sin Hache (Ed. Aldevara); Nos enterrará a todos (Ed. Lleonard Muntaner); Me quiero casar contigo (Ed. Aldevara); La jaula de alpaca (Ed. Aldevara); El alma de la música (Ed. Punto Rojo); Tras la puerta encantada (Ed. Cuatro Hojas).

Entre sus proyectos actuales se incluyen dos secuelas de El Cetro de Flores con distintas parejas protagonistas (cuando sueña despierta, hasta se plantea una serie entera en ese mundo, explorando más allá de la ciudad de Aeden) y colaboraciones para módulos de Rol.

El Cetro de Flores es una novela que lleva escrita desde hace ya unos añitos. Con esta campaña me ayudaríais a cumplir mi sueño de imprimirla en físico, con edición del primoroso Txesko Calaca. La corrección fue hecha por Javier Raya, autor de varias novelas fantasy (Los Buscadores, Los Profetas), CiFi y varias colecciones de microrrelatos.

Esta novela se puede leer suelta ya que es autoconclusiva, pero también tengo pensada hacerla parte de una serie (actualmente estoy escribiéndola).

—En todo caso, ni se te ocurra “divertirte” con esa criatura de la noche —comentó Nicklos, sombrío.

—No eres mi padre —bufó Mareen—. No me des la lata.

—No lo hago, es un consejo desinteresado. Los Aes en general son caprichosos, volubles y tienen normas propias que a los demás nos dejan perplejos. Pueden ser extraordinarios amantes, generosos y alegres, y al día siguiente considerar que les aburres y dejarte tirado, y si los importunas mucho, te pueden hasta echar una maldición. No son de fiar.

—Ay, Nic, por favor… pareces un viejo amargado.

—Así que te lo estás planteando. Ya me lo había parecido —repuso su amigo, en un tono que era casi un gruñido—. No será un tema de agradecimiento o algo así, ¿verdad? Te ha echado una mano con todo el asunto del robo, y ahora te sientes obligado a corresponderle en algo, y como es tan feo...

—¿Follar por compasión? ¿Qué clase de concepto basura es ese? ¿Es que nunca has visto a alguien y has pensado “a ese me lo tiraba en tantas direcciones que no iba a encontrar el norte ni con una brújula”? —Mareen sacudió la cabeza, indiferente al repentino ataque de tos de su interlocutor y a su mirada escandalizada—. En serio, ¿pero qué os pasa? No es feo. Tiene unos hombros como montañas, los mejores pómulos del Universo, una mandíbula impresionante, y madre mía qué manos…

—Tiene garras —señaló Nicklos, medio recuperado.

—Sí, vale, no tengo muchas ganas de llegar al punto de pasión en que te arañan la espalda, que a lo mejor se me ve el hueso, pero por lo demás… Aparte, ¡besar a alguien con semejantes colmillos debe ser toda una experiencia! Y seguro que tiene unos abdominales como para reseguirlos con la lengua. Con ese físico, aprendía yo anatomía mejor que con los libros...

—En serio, no tienes remedio —musitó Nic, tapándose los ojos con la mano en gesto de paciencia."

Si llegamos a la recaudación mínima (1200€):

-¡Jolgorio y alegría!

Si llegamos a la recaudación estrella (2200€):

-Póster exclusivo firmado de edición limitada de la autora. Puedes ver su obra en deviantart y en su perfil de instagram

Si tiramos la casa por la ventana (superamos los 2200€):

Aquí explota todo. Si superamos el objetivo, se añadirán extras como ilustraciones exclusivas, un monísimo marcapáginas de la autora con los protagonistas siendo cuchilindos, un set extra de pegatinas de chibis de los personajes para los fans, y dos postales exclusivas.

Claro y directo!
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1 de Julio 2026: Inicio del Verkami.

1 de Marzo del 2027: Inicio de los envíos (Península Ibérica)

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#04 / Un capitulo entero a su disposición: Drama, lore, y....gente muy enfadada.

Thalak buscó a su amiga entre la pequeña multitud que se estaba reuniendo para la fiesta de aquella noche. Los de su raza eran más altos que el humano medio, o que el enano medio ya que estamos, pero su estatura no representaba mucha ventaja entre las incómodas luces que lo dejaban medio cegado debido a su visión nocturna, y el caos con el que se enfrentaba. Lo bueno es que Cuco tenía una cabellera muy característica que incluso entre los daemon hubiera resaltado, pero como ella no era muy corpulenta, rasgo que le había sido de gran ayuda en su supervivencia, se camuflaba entre el gentío.

Movió ligeramente sus orejas, intentando focalizarse en una voz conocida. Sus instintos de cazador estaban aturdidos ante aquel barullo, que estaba empezando a ponerlo nervioso. La silenciosa caravana de refugiados y los días de relativa calma que habían sucedido a su llegada no le habían preparado para aquella situación. Los únicos momentos de su vida en los que había visto tanta gente reunida habían sido bélicos. Tenía que inspirar hondo y recordarse que no estaba en peligro, que allí nadie le estaba amenazando, que no corría peligro. Una mano fría le tocó el antebrazo y se giró sobresaltado, mostrando todos los dientes involuntariamente. Cuco retrocedió levantando ambas manos en gesto de rendición.
—¡Caray! Tú sí que sabes lograr que una chica se sienta bienvenida —comentó, irónica, antes de enlazar su brazo al de él—. ¿Tan mal lo llevas?

Thalak se pasó una mano por el pelo, intentando relajar todos sus nervios. Si seguía así, iba a ser una noche muy larga.
—Lo siento —balbuceó—. Es este jaleo, este hacinamiento… —Echó un vistazo hacia atrás, al edificio en que había pasado la semana más sorprendentemente apacible de su vida—. Pensaba que estaba bien. Pero…
—Ya sé. —Cuco miró alrededor, con un gesto extrañamente inexpresivo que no pasó inadvertido a su acompañante—. Mucha gente de golpe, como cuando nos bombaron en… como cuando… —Tragó saliva. Había un brillo delator en sus ojos. Thalak apretó la mano pequeña de la joven que reposaba en su antebrazo. Ella le dedicó una pequeña y forzada sonrisa. Necesitaban tiempo, se dijo él. Cuando se acostumbraran a la paz, todo iría mejor.
—Eh, no pasa nada —murmuró Thalak—. Nos tenemos el uno al otro. Irá bien. Yo cubro tu espalda, tú no me robas la comida. Ese era el trato, ¿no?

Cuco soltó una risa, temblorosa pero más natural que antes, y le devolvió el apretón.
—Eso es. Honor entre supervivientes —bromeó ella—. Mira, creo que nos están llamando ya…

Efectivamente, la multitud comenzaba a orbitar hacia una figura alta, que había levantado una mano en señal de bienvenida. Thalak lo miró con cierta sorpresa: aunque daemon, como mostraba su piel de ébano y el cabello rojo brillante, era claramente sexuado. Debía medir cerca de dos metros, de hombros anchos, sin esa cadera torneada que la mayoría de los andróginos lucía, con el cabello apenas llegando a la base del cuello en un corte que casaba poco con los fantasiosos peinados que había visto en la ciudad, y una barba cerrada y bien cuidada.
—Es un hombre —susurró asombrado a Cuco.
—No, si ya. —Ella parecía igual de desconcertada.

El desconocido esperó a que la gente fuera silenciándose gradualmente a su alrededor, a la expectativa, sin dar voces para llamar su atención. Thalak alzó las cejas, impresionado. Del hombre brotaba un carisma natural, su presencia emanaba una autoridad que parecía relajar a los que estaban cerca de él. La sobriedad de su uniforme de Guardia, que apenas se diferenciaba de las de los otros soldados por alguna trencilla y las hombreras, le daba aún más prestancia a su silueta.
—Gracias por acudir —enunció con una voz agradable, viril—. Permitidme presentarme: soy Garel A’Eneth, jefe de Seguridad de Aeden. Como la mayoría de vosotros ya sabéis, hoy se celebra en vuestro honor una recepción en el Palacio Real. —La mirada calma les recorrió, uno a uno, antes de que una sutil sonrisa apareciera en su rostro. El orco se dijo que, extrañamente, aquel importante personaje parecía cercano y muy, muy cansado—. Os escoltaremos hasta la fiesta. Si tenéis alguna necesidad, una urgencia, o simplemente alguna pregunta, no dudéis en consultarme, a mí y a los míos. —Señaló a un grupo de soldados, uniformados de azul marino y gris también. El rostro del daemon se suavizó al añadir—. Algunos de vosotros sentiréis vértigo al ascender hasta el Palacio. Es una reacción natural, por favor no os avergoncéis e indicádnoslo en caso de que os suceda para que podamos ayudaros. Estamos a vuestra disposición. —Hizo una reverencia en dirección al variopinto grupo de gente que tenía delante, y de repente todos rompieron a aplaudir. Hubo gritos, exclamaciones de agradecimiento y emoción. El propio Thalak se sorprendió uniéndose a la algarabía, sintiendo una ligereza que jamás antes había experimentado. El jefe de Seguridad se enderezó, sonrió levemente como emocionado, avergonzado o impresionado, y luego hizo gesto a la multitud.

Todos los inmigrantes que habían llegado hacía una semana le siguieron, algunos en grupos, otros en parejas, otros caminando solos, pero todos esperanzados y anhelantes.

Todos salvo Cuco. La joven no había emitido un sonido desde que se emitiera la ovación y ahora avanzaba en silencio, rígida junto a Thalak.
—Hermosas palabras —murmuró un rato después, la extensa ciudad con sus luces brillantes extendiéndose en espiral hacia arriba. Los maravillosos edificios, altos y señoriales, en algunos puntos casi tocaban las plataformas superiores. Aquella magnificencia parecía hacer destacar aún más el malhumor de su compañera—. Veremos en que quedan.
—Eh… Estamos aquí, Cuco —musitó Thalak, a quien la hostilidad de la joven empezaba a inquietar un poco—. De momento, todo lo que nos prometieron, incluyendo la estancia libre de peligro en las residencias, la ropa nueva, la comida… todo ha sido verdad. ¿Por qué estás tan preocupada?
—¿Y por qué tú no lo estás? —rebatió ella, agitada—. Nadie ofrece nada gratuitamente, los dos lo sabemos. ¿Qué oculta todo esto? Una fiesta, como si fuéramos grandes invitados en vez de harapientos escapados con lo puesto de un reino en ruinas… No tenemos nada que ofrecer a cambio, ¿no te hace desconfiar…?
—Yo no diría que no tenéis “nada” que ofrecer —intervino una voz masculina, melodiosa. Thalak se quedó algo rígido al ver que a su lado caminaba el jefe de Seguridad en persona—. Todo el mundo tiene algo. Habilidad en sus manos, sueños, inteligencia, tenacidad… Una sociedad está compuesta de la gente que vive en ella. Si elegís quedaros y habitar en Aeden, sin duda tendréis cosas que aprender, como todo el mundo. Tendréis que adaptaros. Pero también aportaréis, a la larga. Los enanos nos han abierto al comercio, y tienen unos barrios muy boyantes en la parte baja de la ciudad que aportan prosperidad a todos. Humanos, daemon y las Razas Antiguas, todos han contribuido al crecimiento actual de Aeden. O a lo mejor elegís regresar a vuestros hogares, y mejorar las cosas allí, o salvar a más de los vuestros. ¿Eso no es una forma de redimir la deuda, si es que la hay?

Thalak alargó el cuello. Hacía unos momentos, el Jefe estaba liderando la multitud de camino a Palacio. ¿Cuándo había dejado su posición para mezclarse con los demás? ¿Y quién estaba guiando ahora? Uno de los soldados, al parecer, había tomado esa posición. Los demás caminaban entre los recién llegados a la ciudad, charlando con ellos. Le hizo pensar en bandadas de pájaros, volando en punta de flecha, con un ave rompiendo la resistencia del aire, y cambiando puestos con las que le seguían para no agotarse hasta morir.
—Es un bonito discurso —respondió Cuco al capitán, torciendo un poco los labios—. Pero he oído muchas promesas en mi vida. Pocas se cumplían. La gente decente evita comprometerse y te demuestra su integridad con hechos, no con palabras.
—Si es así, te has topado con gente de poca moral, y lo lamento. Por cierto, ¿tu nombre es…?
—No te impor… —empezó a decir la joven, tensa. Su amigo la interrumpió. El daemon no había mostrado más que cortesía hasta el momento, y no veía motivo para ofenderle, más cuando parecía alguien influyente, alguien que pese a su aire mundano y amable, no dejaba de ostentar poder.
—Cuco, y yo soy Thalak. Venimos del Sur.

Garel asintió, y el orco sintió que se le sonrojaban las orejas. El daemon, sin duda, ya debía conocer el origen de ambos. Sin embargo, no hizo ningún comentario al respecto y continuó hablando como si nada:
—Cuco, entonces… disculpa que me tome la libertad de tutearte. Creo que tienes una visión de lo que es la decencia muy oscurecida debido a la vida que has llevado, que no conozco y que sin duda motiva tu desconfianza. Pero como ya he dicho, hay muchas formas de sacar beneficio unos de otros, y no todos ellos pasan por la ganancia directa de bienes materiales. En ocasiones, la moral debe establecer mínimos para que todos podamos progresar.
—¿La moral te da de comer? —preguntó la joven, incisiva.
—La moral —respondió reposadamente el daemon— hace que la gente confíe en ti y que puedas prosperar en tus negocios. No compras dos veces a alguien que sabes que va a engañarte.
—No, si tienes alternativa. —Cuco se estaba acalorando, y Thalak la miró con cierta curiosidad. La muchacha solía ser reservada ante los extraños, y sin embargo estaba defendiendo su postura apasionadamente ante el jefe de Seguridad—. Pero cuando no tienes nada, la moral es la última de tus preocupaciones.

Garel meditó sus palabras, sin descartarlas de buenas a primeras. Estaba claro que no pensaba dar una respuesta altiva o desconsiderada. Cuando habló, sus palabras fueron comedidas:
—Supongo que tienes cierta razón, dada tu trayectoria personal. Pero ahora estás en otras circunstancias, ¿no crees que deberías dejar todo ese dolor atrás, adaptarte, y quizás el mundo deje de ser tan terrible para ti? Tienes una oportunidad de mejorar las cosas, no solo para tu persona, ¿por qué no aprovecharla?

Cuco le dirigió una mirada asombrosamente vulnerable. Thalak sintió el impulso de rodear sus hombros con el brazo, pero se contuvo. Obviamente, lo que había dicho el daemon le daba qué pensar a su amiga, y eso podía ser bueno para ella. Llevaba tanta rabia dentro… Era maravilloso haber encontrado a alguien que no solo la escuchara, si no además que no la juzgara. ¿Sería toda la gente de la ciudad tan abierta de miras? Lo dudaba, pero… era un principio.
—Con vuestro permiso, me despido —indicó amablemente Garel—. Hay más gente que tendrá dudas, y aunque eres la única que las ha enunciado en voz alta por ahora, no creo que haga ningún mal que hable con otros. Si me necesitáis, solo hacédmelo saber. Cuco, Thalak. —Les dedicó una inclinación de cabeza y luego se perdió entre la gente de nuevo.

El orco lo siguió con la mirada unos instantes, y luego se volvió a mirar a Cuco. La muchacha miraba con fijeza el suelo que estaba pisando, las manos cerradas con fuerza en el regazo, los labios apretados. Parecía a punto de llorar.
—Qué tipo más…
—Creído —susurró ella, como una niña pequeña a la que se le hubiera negado un dulce. Se frotó los ojos con la manga—. Seguro que no ha perdido a nadie en su vida, seguro que no se ha pasado una noche en blanco con las explosiones alrededor, seguro que nunca ha pasado hambre y me viene a dar lecciones de cómo tengo que… —Un sollozo se le atascó en la garganta, impidiéndole seguir hablando. Ahora sí, Thalak la abrazó un poco, atrayéndola hacia si con un brazo. No dijo nada. Dudaba que Cuco pensara lo que estaba diciendo, pero en aquel momento añadir media palabra no hubiera servido para mucho.

Ella tenía que salir de su propia oscuridad paso a paso, por sí misma. Él solo podía recordarle que no estaba sola, que si lo necesitaba tenía un amigo en quien confiar.

Mareen sentía que iba a estallar de expectación. Vestía su mejor túnica, de blanco plateado con bordados que devolvían la luz en diversidad de colores y patrones. Quedaban pocos minutos para la gran presentación, donde demostraría si era, a fin de cuentas, lo bastante bueno como para bailar en un acto público del Rey-Reina. Se asomó por el balcón, intentando captar las figuras de los invitados que comenzaban a llegar. Una mano flaca se posó en su hombro, con una fuerza que no tenía nada que ver con su apariencia quebradiza y esquelética.
—Cuidado —siseó Kalroh—. Si te caes y te abres la cabeza, estropearás el baile aún antes de empezar.

Su aprendiz, acostumbrado a aquella clase de comentarios, le ignoró en favor del grupo que se aproximaba. Era una pequeña multitud. Estrechó los ojos, intentando ver mejor. Estaban llegando a las puertas…
—Qué extraños son —exclamó excitadamente—. ¡Míralos, Maestro! Hay humanos pero son pálidos, no tienen la piel canela como los nacidos aquí, y esos de ahí tan altos y fuertes… ¡Son verdes! Y eso son… ¿Tienen orejas puntiagudas? ¡Qué grandes son!

Kalroh suspiró, exasperado, pero luego, tal y como Mareen había esperado que hiciera, comenzó a hablar en tono académico:
—Son de la Antigua Estirpe, Mareen. Los Primeros, la materia de los sueños, los Sidhe. Aes Sidhe, Sluagh Sidhe, titanes de hielo, selkies, náyades, lamias, Gente de Mar, Gente del Bosque… y los que son como ellos, la Gente de Noche. Algunos los llaman orcos, palabra que viene de una lengua humana ya extinta, horkos, que significa ogro, monstruo. Vamos —finalizó, despectivo—, una variante nocturna de los titanes de la montaña, pero más pequeños y más feos, y con la piel verde en vez de azul.
—Pero no son feos —musitó Mareen, frunciendo el ceño. Se fijó en los hombros anchos de uno, los brazos musculosos, la nariz ancha y prominente, las mandíbulas marcadas y los pómulos esculpidos—. Solo… exóticos.
—Si eso es lo que opinas… —Su tutor sonrió como si tuviera dolor de muelas, con el aire de condescendencia que parecía dedicar a sus gustos cuando no estaba abiertamente condenándolos—. Todo el mundo tiene derecho a tener una opinión, ¿no te parece?
—No si simplemente busca zaherir, no —repuso su pupilo, mirándole por primera vez desde que llegara al balcón. ¿Por qué era así su tutor? ¿De dónde provenía todo aquel sentimiento de superioridad, esa necesidad de proclamarse agresivamente por encima de todo cuanto no fuera daemon? O incluso de él, su pupilo, que pertenecía a su misma estirpe, aunque fuera Luminari en vez de Eclipse.

Kalroh inspiró y sus ojos se abrieron mucho. Iba a decir algo, algo que haría que Mareen se arrepintiera de haber abierto su bocaza, pero Erin apareció en aquel momento.
—¡Mareen, deja de remolonear! Te he buscado por toda la sala… ¡Empezamos ya! Oh, disculpad, consejero, no os había visto —añadió apresuradamente al ver que el joven no estaba solo—. Espero no interrumpir nada…
—Nada importante. Nada más importante que la gala de hoy, al menos. —Kalroh estiró su cuello, mirando a su estudiante con una expresión helada y malevolente, como si fuera un insecto particularmente repugnante que se le hubiera colado en un estante—. Ve, pupilo. Tienes que ir a exhibirte. Estoy seguro que eso se te dará mejor que estudios más serios.

Volvió con pasos apresurados al salón, casi arrollando a su paso a Erin.
—¿Qué mosca le ha picado? ¿Qué has hecho ahora, Mareen? —le preguntó a su compañero de baile.

El Luminari se pasó la mano por el cabello y suspiró. No le cabía duda que sus palabras tendrían consecuencias, pero eso sería más tarde. Ahora tenía otras cosas de las que ocuparse, y le debía a Marfa y a su pareja el dar lo mejor de sí mismo.
—Ahora no importa. ¿Me concedes este baile? —le hizo una reverencia a Erin, que sonrió y dejó el tema.

Uno no podía evitar quedarse boquiabierto ante la magnificencia del Palacio Real. Una avenida de árboles y columnatas acogían un largo lago artificial, hecho con tanto arte que emulaba curvas y recodos de uno natural pese a mantener una línea general recta. Este paseo daba paso a una amplia plataforma de la que nacían dos escalinatas simétricas que se curvaban hacia la entrada, alta como tres hombres al menos y con una caprichosa forma de arcada, de la que brotaban adornos a imitación de ramaje, con una vidriera en su parte más alta que representaba un ramo florido de gran esplendor.
—¿Qué es eso? —preguntó alguien cercano a Thalak y Cuco. El orco aguzó el oído para escuchar la respuesta. Uno de los guardias de Garel contestó:
—Representa el Cetro de Flores, el símbolo de la magia daemon Luminari, el pacto de paz con Dioses y Primeras Razas que nos permitió construir Aeden sin interferencias. Solo las manos del Rey-Reina pueden tocarlo, y las leyendas dicen que trae prosperidad. Si se perdiera o fuera robado, la ruina asolaría nuestro país… O eso dicen los cuentos.

Thalak miró a Cuco de reojo, y vio que ésta le estaba mirando a su vez, con una sonrisa que él conocía bien.
—Ni se te ocurra —le susurró, apremiante—. Seguro que está protegido por magia y custodiado por guardias. Nos meterías en un lío.
—No he dicho nada —repuso ella en el mismo tono—. Por mí, pueden quedarse su estúpido cetro y sus cuentos de niños. ¿Quién podría creerse que un palo con flores puede traer bienestar a un país entero…? Aparte, seguro que está encantado —fingió estremecerse exageradamente—. Ya sabes lo que opino, la única magia buena son las Bendiciones Sidhe. —Cuco palmeó su cinto, de un gris plateado casi fosforescente.
—Dado que es una herencia de un ladrón a su hija —repuso Thalak, socarrón—, algunos discutirían la “bondad” de esa Bendición.
—Algunos —contestó ella, solemne— son gilipollas.

Thalak elevó la vista al cielo, pidiendo a cualquier deidad que le escuchara, si es que había alguna, que le diera paciencia. Su mirada se vio distraída brevemente por algo como un fogonazo blanco, una imagen fugaz. Frunció el ceño.
—¿Pasa algo…? —preguntó su amiga, captando su inquietud repentina.
—Nada, me pareció que alguien nos miraba desde arriba… No, no es ningún peligro —añadió, notando que Cuco también se tensaba—. No creo que sea ningún arquero camuflado ni nada por el estilo, a lo mejor solo era un cortesano curioso o un soldado haciendo guardia. Nada importante.
—Los viejos hábitos, ¿eh? —Le apretó la mano, la de la chica ridículamente pequeña comparada con la propia, grande y verdosa. Él asintió e inspiró hondo como si fuera a zambullirse en el agua.

La sensación hubiera sido menos extraña si lo hubiera hecho, pensó aturdido.

Tras aquella curiosa entrada les aguardaban salas y salas con suelo decorado de mosaico, complejas constelaciones de piedra de colores con dibujos geométricos asombrosamente intrincados. Los condujeron hasta un patio abierto con dobles columnas que lo delimitaban. Tras ellas, las barandas daban a los jardines colgantes, y más allá solo el cielo se abría ante ellos ya que el Palacio era la construcción más alta de la ciudad, en la cúspide de Aeden. El orco tragó para controlar un acceso de pánico ante la idea de la caída libre que había más allá de la frágil vegetación.
—¡Mirad! —exclamó alguien de su grupo, señalando a lo alto.

Entre los capiteles evolucionaba grácilmente un grupo de bailarines. Cada pareja estaba formada por un daemon de piel negra y uno de piel blanca. El pálido guiaba al oscuro entre las columnas, sin que nada los sostuviera. Thalak achicó los ojos para captar si había redes o cuerdas que les permitieran moverse a esa distancia del suelo sin apoyo aparente, pero tuvo que rendirse a la evidencia: aquellas figuras se mantenían en vuelo sin ninguna ayuda externa, sin trucos.

Su instinto cazador, que tantas presas heridas o viejas le había permitido captar cuando vagaba hambriento por el bosque, le hizo darse cuenta de otra cosa, sin embargo: Una de las parejas no se movía con la misma soltura que las demás. Como una gacela coja destaca entre sus compañeras de manada y es presa fácil, el pálido guía parecía seguir casi a la perfección las figuras de la danza, pero sin conseguir sincronizarse del todo. Si hubiese estado en un entorno salvaje como en su infancia, habría empezado a salivar de inmediato ante la promesa de una cena cargada de proteína animal. De hecho, el impulso fue tan fuerte que involuntariamente se encorvó un poco, como para saltar sobre el miembro débil del grupo. Le sacó de su estado un codazo firme en las costillas.
—¿Pero qué te pasa ahora? —siseó Cuco—. Céntrate, ¡no estamos en las llanuras del Sur!
—Perdona, por un momento… —Thalak sacudió la cabeza, intentando aclarar sus ideas. Por un momento, la noche y su lado más primitivo habían aflorado con toda naturalidad. Algo que allí, en aquel entorno de gente civilizada y despreocupada, no se aceptaría ni comprendería—. Ya estoy bien, no te preocupes. He tenido un impulso, pero ya ha pasado. ¿Has visto eso? —añadió, intentando desviar la atención de su compañera, que lo miraba todavía con desconfianza—. Es increíble.
—Son brujos, como los que destruyeron nuestro país —respondió su amiga, encogiéndose de hombros con gesto cínico—. No sé qué te parece tan maravilloso. A fin de cuentas, salieron todos de aquí.
—Se equivoca —intervino una voz femenina. Los dos amigos se volvieron algo sobresaltados. A su lado estaba una jovencita de curvas discretas pero claramente femeninas, de piel blanco coralino como un daemon y cabello negro azulado abundantemente distribuído en trenzas. Vestía unos pantalones y túnica de gala, y su mirada transmitía una firmeza capaz de doblar barras de hierro—. Somos hechiceros, no brujos.

Cuco miró de arriba abajo a la desconocida, sin parecer impresionada. Thalak pensó que entre los suyos debía ser considerada muy bella, con sus pómulos altos y su nariz aguileña, los labios gruesos y las negras pupilas chispeando indignación. La joven no debía ser mucho mayor que ellos, pero derrochaba confianza en sí misma. Y Cuco, inadvertidamente, la había insultado, se percató el orco. Buena manera de empezar la noche, se dijo, ofendiendo a sus anfitriones.
—Francamente, no veo la diferencia —dijo su amiga en un tono tan despectivo que parecía aniñado, comparado con la frialdad elegante de su adversaria verbal.
—¿No? —La daemon le dedicó una sonrisa tan educada que daba escalofríos—. Podríamos empezar por hablar de moral. Los brujos ya no pertenecen al pueblo daemon porque fueron exiliados de Aeden, expulsados por su incapacidad de mantener mínimos de decencia. Eran ambiciosos, desmedidos, arrogantes y egoístas. Nadie que continúe en nuestra ciudad se tomará a bien que se le llame como a los descastados. No somos iguales, lo mismo que entre vuestras respectivas razas habrá gente decente y gente que no. ¿O es que en cada raza nos viene impuesto un código de conducta predeterminado? —finalizó con una burla irónica y cortante.
—Ah, ya veo vuestro gran código ético. No los queríais aquí, así que los echasteis para que fueran a ejercer su magia destructiva a otros países. Y de paso nos arruinaran la existencia a los demás. ¡Gracias por vuestra bondad! Si tanto problema os daban, ¿por qué no lidiásteis vosotros con ellos? ¿Por qué no los ejecutásteis, en vez de lanzarlos al mundo para lo destruyeran en sus batallas?
—Cuco… —Thalak le puso la mano en el brazo para intentar tranquilizarla. Estaban empezando a llamar la atención, y aquello no podía ser bueno.
—Nosotros no hacemos eso —respondió la morena con dignidad—. Tomar vidas ajenas es una muestra de barbarie.
—Pues vuestra hipocresía cuesta que muchas más se pierdan. Aunque claro, mientras mantengáis vuestras blancas manos limpias, ¿qué más da, no? —La joven parecía hervir de indignación. El orco pensó que no estaba del todo equivocada.
—Hemos mandado soldados a la guerra. Hemos perdido ciudadanos de todo tipo. Hemos ayudado a los supervivientes y hemos tenido que aceptar las bajas, propias y ajenas. ¿Crees que mis palabras son solo para limpiarme la conciencia? —Las palabras de la daemon eran lentas, precisas, duras—. Tu punto de vista es demasiado limitado para entender lo compleja que es la situación. ¿O pensabas que podíamos prever todo lo que iba a ocurrir cuando unos pocos fueron castigados de tal forma que pensamos, todos lo creímos, que iba a provocar que al menos meditaran sobre sus actos? No somos dioses, aunque tengas ganas de echarnos la culpa de todo como si lo fuéramos. Perdónanos, oh poseedora de la verdad absoluta, por no conocer el futuro y no actuar de forma criminal para evitarte tu desgaste emocional —añadió con corrosivo sarcasmo—. Madura, chica. El mundo no gira en torno a tu figura, y la gente no actúa solo para tu bien o tu mal. —Con estas despectivas palabras, la mujer les volvió la espalda deliberadamente.

Cuco estaba a punto de continuar la discusión, por muy fuera de lugar que estuviera, pero Thalak la arrastró decididamente lejos de su adversaria en dirección a una mesa donde había dispuesta bebida fresca. Tomó lo que supuso serían zumos de algún tipo y sirvió dos vasos, uno para ella y otro para él. Apuró el suyo de un trago. Dulzón, con un toque ácido. Dejó el cristal en la mesa con cuidado y se volvió hacia su amiga.
—Vale, ¿y exactamente qué pretendías ganar con esta escenita? —le preguntó en voz baja. Ella se giró furiosa y se encontró con la mirada inquisitiva y preocupada del orco. Seguramente eso no era lo que esperaba ver, porque se detuvo unos instantes para recuperar la calma.
—Lo siento. No sé qué me ha pasado. Primero ese capitán, luego esta chica… Hay algo en esta gente que me saca de quicio. Aquí todo es bonito, como si… como si no supieran lo que pasa fuera, como si el barro no les salpicara. Me dan ganas de…
—Ssssh. Tranquila. —Thalak echó un vistazo alrededor, inquieto—. No son nuestro enemigo, Cuco. No son como los Reyes Brujos.
—¿Realmente lo piensas? —La chica soltó una amarga carcajada, y luego se bebió su refresco a sorbos lentos—. Tal vez… tal vez tengas razón. —De nuevo parecía a punto de llorar—. Me siento mal. ¿No podríamos volver a la residencia? Creo que me estoy mareando.

El orco la miró preocupado. Realmente parecía más pálida de lo acostumbrado en ella, y llevaba toda la velada, lo poco que llevaban en ella, inestable y respondona. La tomó del brazo y se disponía a dirigirse a la salida cuando las luces se apagaron de golpe. Una llamarada salió disparada de lo alto de los capiteles. Por reflejo, Thalak cubrió a su amiga contra su cuerpo. Un aplauso resonó alrededor, y de repente toda la iluminación convergió en una plataforma alejada de ellos. El joven notó cómo el rubor le subía por el rostro. No era más que un aviso, y de nuevo él había actuado como ante una amenaza. Dio gracias a que la oscuridad escudaba su reacción. Estaba seguro de que no había sido el único en sobresaltarse, sin embargo.

Una figura alta y esbelta, de piel de nácar y cabello naranja como una llama joven recogido en apretadas trenzas adornadas de flores hizo su aparición en la zona iluminada. Una banda dorada le ceñía las sienes, un vestido color melocotón ondeaba desde sus caderas curvadas y un rostro andrógino y sereno contempló la reunión. No hizo falta que hablara para que un rumor recorriera la multitud. Era el Rey-Reina, Tonoth el Magnánimo.

Una de sus manos delicadas pero fuertes se elevó pidiendo silencio. La otra reposaba contra su cuerpo, sirviendo de apoyo a un bastón de madera color miel del que brotaban infinidad de flores blancas.
—Bienvenidos, mil veces bienvenidos esta noche y siempre a nuestra hermosa ciudad. Hoy sois extraños, recién llegados, llorando vuestro hogar todavía, con heridas en cuerpo y alma. Mañana, si somos afortunados, seréis el futuro, parte de nuestro reino, hermanos y hermanas nuestros. Gracias al trabajo de algunos, disponéis ahora de un hogar temporal, que será el vuestro tanto tiempo como os haga falta. Se os proporcionará ropa, comida, y la posibilidad de desarrollar o aprender un oficio. Esperamos, a cambio, que el día que se os pida la misma gentileza que hoy recibís recordéis este momento y estéis dispuestos a brindar el mismo apoyo a aquellos que vengan nuevos. Desde que nacemos hasta que morimos, todos tenemos el deber sagrado de hacer cuanto esté en nuestra mano para mejorar el mundo que tenemos. Es nuestra deuda eterna hacia un mundo que nos da su belleza y generosidad, el brillo de las estrellas y el suelo bajo nuestros pies, el agua de sus arroyos y la sombra de sus bosques. Disfrutad de esta fiesta que hoy se os ofrece, pues tenemos todos mucho que celebrar. Y mañana afrontemos el futuro, todos juntos, con esperanza y con agradecimiento. —Alzó la mano en la que sostenía el cetro, que Thalak reconoció repentinamente: era el mismo que estaba representado en la vidriera de entrada, aunque la bella imitación artística no había capturado su grandeza. Parecía pulsar y el aire vibraba, como si todo el ambiente respirara al mismo latido del corazón. Magia, sin duda, de un tipo que jamás había visto antes. Cerró los ojos, inesperadamente emocionado, sintiendo un alivio como si alguien muy amado lo abrazara, como si su madre perdida le besara la frente por la noche cuando, de niño, le decía que todo estaría bien mientras le cantaba en voz baja con su voz ronca y querida. Se pasó la mano por los ojos, repentinamente alerta de nuevo.

A su lado Cuco se había cubierto la cara con ambas manos y temblaba. La música se había detenido. Unas enredaderas crecían ahora trepando por las dobles columnas del extremo de la sala, y florecían, y el perfume invadía el aire.
—Cenad de mi mesa, amigos, pues así esperamos que todo habitante de Aeden pueda llamaros algún día. —Sirvientes vestidos con la misma elegancia que los invitados y los cortesanos preparaban ahora, eficientemente y en silencio, las mesas en las que se habían de disponer los comensales—. Bebed de mi agua, probad mi pan, y sed saciados. —Enunció la formal frase de hospitalidad sagrada de tal forma que no pareció una fórmula, sino la clase de bienvenida que uno espera de aquellos en los que confía ciegamente. Thalak se estremeció. Se repartieron copas de plata entre todos los presentes—. Brindad conmigo por esta nueva felicidad que empieza hoy para todos nosotros. Por que vuestras vidas sean largas, prósperas y podáis dar tanto como recibís.

Conmovidos hasta la médula, todos alzaron las copas al unísono. Bebieron. El orco se dio cuenta de que Cuco fingía mojarse los labios y luego apartaba la copa. Si seguía estando indispuesta, no podía culparla por no querer participar en la ceremonia. Tal vez algo tan simple como el agua le sentaría mal.
—¿Quieres que nos vayamos ya? —le susurró, mientras la marejada humana se dirigía hacia las mesas, charlando entre ellos animadamente.
—¿Qué…? No, no, ya estamos aquí, y si nos vamos antes de la cena llamaremos demasiado la atención —musitó ella, agitando la cabeza. Parecía haberse recuperado parcialmente de su malestar anterior—. Además, yay, comida gratis. ¿Cuándo nos hemos negado a eso tú y yo? —Su sonrisa era un vago eco de su humor habitual, pero al menos ahí estaba. Thalak asintió, no del todo convencido, pero tomó asiento junto a ella, sin dejar de mirarla. La verdad es que seguía estando algo demudada, aunque no tan descompuesta como antes, algo así como la diferencia entre un herido de muerte y un convaleciente. Suspiró. Iba a tener que ser suficiente, al menos de momento.

Los bailarines aéreos habían descendido en algún momento durante el discurso o después de él. Ahora, parejas de daemons se mezclaban entre los invitados y cortesanos, destacando con sus vestidos plateados llenos de vivos bordados que reflejaban colores irisados, como flores exóticas en jarrones de plata. La vista se le iba hacia aquellos gráciles artistas, cada pálido daemon acompañado de su contrapartida oscura, blanco y negro con los brillantes penachos de sus cabelleras peinados de forma compleja en cascada sobre sus espaldas. Thalak se fijó en la muchacha de antes, con su pelo azul oscuro, cojeando hacia una de las parejas. El más alto, de piel de ébano, se acercó a ella y la besó en los labios, mientras el de piel blanca se quedaba unos pasos más atrás, contemplando la sala. Sus miradas se cruzaron y le sonrió directamente.

Thalak frunció un poco el ceño, desconcertado, y apartó la vista rápidamente, no sin antes fijarse superficialmente en el desconocido daemon. El pelo era tan pálido como su piel, y al igual que los bordados, refulgía y reflejaba las luces. Al contrario que el jefe de Seguridad y de la chica con la que había discutido Cuco, su sexo era indeterminado por completo, como el de un daemon típico, con cadera amplia y pecho plano. No pudo sacar más detalles de aquel breve vistazo, pero se quedó con la impresión de una perla clara, irisada, brillando de forma nacarada en la noche. Esto le dejó intrigado, puesto que la mayoría de los daemon que se había encontrado tenían el pelo de colores vistosos que contrastaba con sus pieles monocromas.

El grupo se acercó a donde estaban ellos dos, y el orco, previendo el drama, se tensó involuntariamente. Tomaron asiento delante de ellos. Cuco alzó la mirada y se quedó mirando fijamente a la joven de antes, quien le echó un vistazo distraído y una sonrisa educada antes de volverse de nuevo hacia su pareja. Por la forma en que se transformó su expresión, a Thalak le quedó claro que estaba loca por él, o ella. Piel de noche, pelo lila alocado enmarcando un rostro de rasgos finos y algo hieráticos, ojos muy verdes, casi fosforescentes en la noche. Una visión en ébano y plata, si a uno le iban las personas notablemente delgadas y nervudas.
—Lo habéis hecho realmente bien —les felicitó la morena mientras tomaban asiento—. Mareen, después de lo de hoy no voy a permitir que te saltes otro ensayo, ¿me oyes? —por un momento la joven desvió su atención de su pareja al otro daemon—. Y me da igual cómo se ponga Kalroh, tienes que trabajar.

El orco se quedó mirando al que parecía más joven, y se quedó pensativo unos instantes. Entonces chasqueó los dedos y su rostro se iluminó por el reconocimiento.
—¿Mareen? Ah, sí, te he visto bailar, realmente me llamaste la atención —exclamó, sin pensar que ni habían sido presentados. El susodicho le sonrió ampliamente, aparentemente emocionado por el reconocimiento.
—¿De veras? ¡Vaya, qué ilusión! ¿Te gustó entonces? —dijo sacando pecho, mientras echaba un vistazo de reojo a sus amigos con aire de “os lo dije”.
—La verdad es que eras como un animal herido, era difícil no mirarte. Se notaba que no ibas al mismo compás que los otros, daban ganas de cazarte y… —Se detuvo. Todos le miraban ahora, con gestos que iban del asombro a una ligera repugnancia. Ni siquiera Cuco había escapado del todo a la enfermiza fascinación de lo que implicaban sus palabras.
—Thalak, en serio —musitó ella, ocultando sus labios tras un trozo de pan.

Durante unos instantes reinó un silencio incómodo, antes que el de piel negra interviniera para defender al otro:
—No lo hizo tan mal. —Miró desamparado a su chica, que meneó ligeramente la cabeza con aire de paciencia.
—Sí, se notaba mucho —insistió Thalak, en parte para tapar su propia incomodidad. El llamado Mareen le miró con ojos enormes, que de nuevo le hicieron pensar en bosques y gacelas. El daemon zanjó el asunto con un gesto:
—De acuerdo, no te ha gustado. Tiene derecho a opinar, ¿no? —Sus labios se torcieron ligeramente hacia abajo, mostrando infelicidad involuntaria, y el orco hubiese deseado en aquel momento poder tragarse las palabras que acababa de soltar—. Todo el mundo tiene derecho a opinar —añadió en voz baja, fijando su atención en el plato y atacando salvajemente un tomatito rojo de su ensalada.

Se hizo un silencio incómodo mientras el albino la emprendía con su cena con una fiereza inusitada.
—Yo soy Marfa —intervino repentinamente la morena—, y Mareen es mi suplente en la danza. Imagino que si no me hubiera accidentado yo, tu juicio sobre nuestras habilidades hubiera sido otro. Él es Erin, mi amado y pareja habitual de baile —añadió presentando también al daemon de piel oscura, que les dedicó a los dos una contenida inclinación de cabeza.
—Yo soy Thalak, y mi amiga, con la que hablaste antes —si es que lo de antes, se dijo el orco, podía catalogarse como conversación—, es Cuco.

Cuco miró con contenida hostilidad a los tres daemons, sin decir palabra.
—Imagino que esta semana que lleváis por la residencia no os habrá permitido conocer mucho la ciudad —intervino Erin, cubriendo los silencios de unos y otros, en un esfuerzo por ser educado que Thalak apreció—. ¿Ya habéis decidido a qué vais a dedicaros? Imagino que antes de venir aquí tendríais algún oficio…
—Yo era un poco de todo, leñador, cazador, curtidor, tejedor… La verdad —el orco se encogió de hombros— es que no he aprendido ningún oficio a fondo. Estoy seguro que encontraré algo que hacer mientras decido a qué dedicarme, ni que sea cargar bultos para mercaderes en los niveles bajos.
—¿Y tú, Cuco? —inquirió Marfa con voz suave—. Ya he visto que no andas muy cómoda, pero no creo que puedas alquilar servicios de estibador. ¿A qué vas a dedicarte? ¿Qué oficio conoces?

La interpelada alzó la vista y miró con desafío a sus interlocutores. Luego dijo lentamente:
—Yo soy ladrona. Como lo fue mi padre. Mi madre era puta, pero no creo que yo esté hecha para ese oficio —Se rio con amargura—. Ni siquiera tengo el físico adecuado. Aunque por lo que he visto por aquí, tampoco es que abunden mucho las chicas pechugonas como para que sea muy necesario…

En el silencio que volvió a reinar, las palabras de Mareen resonaron como sendas bofetadas.
—¿Eres tonta? ¿Te gusta ser tonta? —le espetó el daemon—. Estás en el lugar adecuado para buscarte una vida honrada, y cuando alguien te pregunta de buena fe, ¿tienes la necesidad de ser deliberadamente insultante y echarnos en cara que tu familia y tú habéis estado en situación de tener que… que…?
—¿Y tú qué sabes de mi familia? ¿Qué te has pensado, que con tu cara bonita y tus pasos de baile te vas a granjear la simpatía de todo el mundo y que todos tenemos que caer a tus pies con agradecimiento y admiración? —respondió Cuco, lanzándose de nuevo al debate más agresivo.
—Obviamente no sentís ni admiración ni agradecimiento, ninguno de los dos —respondió secamente Mareen, mirando con disgusto de uno al otro—. Pero al menos podríais fingir que tenéis educación.

Cuco se levantó de un salto y le arrojó el agua a la cara al daemon, que lanzó una exclamación ahogada. Se hizo un brusco silencio entre las conversaciones más relajadas que tenían lugar alrededor. Thalak pensó que moriría de vergüenza en aquel instante, con todo el mundo mirándolos con atención.

Mareen boqueó, parpadeando, mientras Marfa agarraba apresuradamente pañuelos para secarle. Erin se incorporó, fulminando con la mirada a Cuco, y Thalak se alzó también, dispuesto a proteger a su amiga. Pero antes de que ninguno de los dos pudiera decir ni media palabra o ponerse un dedo encima, estorbados por la mesa que había entre ellos, les interrumpió el sonido de la risa del descolorido Mareen. Todo el mundo se quedó congelado durante unos instantes, y luego la normalidad pareció descender sobre ellos de nuevo. Tanto el daemon oscuro como el orco tomaron asiento de nuevo, lentamente, sin quitarse ojo de encima.
—Bien, si querías dejar claro que tampoco tienes educación, me ha quedado cristalino —comentó Mareen con tono socarrón—. Recordadme que no vuelva a presumir delante de recién llegados, mi ego no lo resistiría, y un chico tiene derecho a sus pequeños consuelos. —Se levantó, haciéndole a Marfa gesto de que dejara los paños—. Me parece que me retiro ya, no quiero ni pensar en la que me va a caer mañana por esta escenita. Gracias por nada, guapa —añadió mirando a Cuco, que le contemplaba como si fuera algo extraño.
—Vale ya —interrumpió Thalak—. Cuco no se encuentra bien. Déjala en paz —dijo, con más calor y lealtad de la que sentía en aquel momento, frente al daemon con su peinado arruinado y el bonito vestido chorreante.
—¿Paz? Dudo que sepa lo que es eso. Dudo que lo haya sabido en su vida —dijo desdeñosamente Marfa, levantándose también—. Vamos, Mareen. Te acompaño. ¿Vienes, amado?

Erin paseó sus ojos verdes entre el orco y su amiga, apretó los labios y asintió, dejando a Thalak y Cuco solos ante sus respectivos platos.
—Bueno… como presentación, sin duda inolvidable —comentó Thalak, un poco apesadumbrado por lo que acababa de suceder.
—Me da igual lo que opinen. Ellos no nos conocen. No saben nada de nada —respondió sombríamente la joven. El orco suspiró. Aquello iba a requerir mucha, mucha paciencia…

Mareen no se había sentido más humillado y triste en su vida. A pesar de su corta estatura, avanzaba a paso rápido por los pasillos, sabiendo que estaba a un paso de echarse a llorar de la forma más absurda e inmadura del mundo, y le apetecía muy poco hacerlo ante sus amigos, que bastante indignados estaban ya. Solo había querido ser amistoso, se dijo. Tan solo había pretendido dar a los recién llegados un regalo de belleza, un espectáculo hermoso que pudieran llevar consigo en los consiguientes días. Como había dicho en su discurso el Rey-Reina, había querido compartir algo con ellos. Había creído ser lo bastante bueno. Recordó el frío desprecio de Kalroh, sus comentarios sobre su falta de habilidad en general, sobre su falta de criterio, la discusión previa a la fiesta. Sin duda se iba a congratular con aquel número en público, sobre todo si llegaba a los oídos —y era muy probable que así fuera— que su poco gracejo en la danza sagrada había sido parte importante de la discusión. Inspiró hondo y cerró los ojos con fuerza, deteniéndose.
—No te preocupes, Mareen. —La mano negra de Erin se posó sobre su hombro—. Esos dos no tenían forma de saber que era tu primer día. No creo que intentaran ser groseros deliberadamente, pero vienen de donde vienen. Ni siquiera sabemos en qué circunstancias llegaron aquí.
—No es que el hecho de que se sientan mal les diera derecho a hablarte así, por otro lado —intervino Marfa, indignada—. Estuviste bien. No lo podrías haber hecho mejor, así que no hagas una montaña de un grano de arena.
—¿No podría? ¿No podría haberlo hecho mejor? —suspiró Mareen, pellizcándose el puente de la nariz—. Si hubiese estado allí desde principios de semana… si hubiese sabido que era el suplente y hubiese practicado…
—¿De qué va esto? Lo sacaste adelante —cortó Marfa—. No lo sabías, no se te informó e hiciste lo que estuvo en tu mano, y estuviste a la altura. ¿Qué más te da lo que opine alguien que no conoces de nada?
—Pero es que… como decís vosotros, llegan después de vivir cosas terribles, y pensé… si podía hacerlo bien por una vez, si podía bailar como los demás… Si podía hacerles felices… —Mareen se echó a llorar, odiándose por ello pero sin poder evitarlo. Oh, sí, Kalroh se iba a burlar de él cuando lo supiera, utilizando sus palabras más mezquinas e hirientes para echarle en cara su torpeza y su ingenuidad, y eso haría aún peor todo lo ocurrido, porque encima tendría razón.

Erin y Marfa, benditos fueran, le abrazaron.
—Nadie puede hacer feliz a otra persona, Mareen. Eso se lleva dentro de cada uno. Y esos dos tienen un largo camino por hacer —le dijo Marfa en voz baja cuando los sollozos remitieron—. Has intentado guiarlos a él. No siempre funciona, pero no has hecho nada malo por intentarlo. Yo estoy muy orgullosa de ti, de cómo te has portado esta noche.
—No es que haya sido muy majo con esa tal Cuco…
—Tampoco te hubiera servido de nada —bufó Erin—. Yo que tú no me preocuparía por ella, por su historia ni por nada que haya podido decir. Quién sabe, de aquí unos meses quizás esté más tranquila y se pueda hablar de forma civilizada con esa chica, pero hoy… Hoy tenía más ganas de exhibir sus heridas que de emprender una vida mejor.
—Qué curioso. —Marfa rio—. Yo le dije algo parecido antes de que coincidiéramos en la cena…
—¿Sí? Debe ser la monogamia, que os hace estar en sintonía —bromeó Mareen, sintiéndose un poco mejor consigo mismo. Erin le dio un codazo.
—¿Por qué haces que suene como una especie de enfermedad rara?
—Supongo que porque nadie en su sano juicio querría estar así… ¡eh! —Mareen esquivó cuatro manos que iban decididas a hacerle cosquillas—. ¡Sabéis que tengo razón! —exclamó, echando a correr mientras los dos daemon le perseguían dirigiéndole improperios. Marfa no podía ir muy aprisa con su cojera, pero estaba claro que Erin no puso mucho ánimo en la persecución, porque no le dieron alcance y pudo encerrarse en su cuarto.

El regreso a casa fue bastante más apagado que la ida. Algunos guardias amables les indicaron el camino, pero Cuco se había sumido en un silencio total que la aislaba de cualquier palabra de ánimo que Thalak hubiera podido dedicarle. El orco no estaba demasiado satisfecho con cómo habían ido las cosas. La amable charla del jefe de Seguridad pelirrojo le había hecho creer que su amiga estaría más receptiva, pero el efecto había sido claramente el contrario. Y después, todo había ido cuesta abajo. Tampoco entendía muy bien por qué le había dado por soltar aquellos comentarios sobre el pobre bailarín. Y la cena posterior tampoco había sido lo más agradable del mundo. Echó una mirada de reojo a su compañera, que iba cabizbaja y sumida en sus pensamientos.
—Bueno —musitó al llegar a la residencia—, mañana será otro día. Que descanses, Cuco —le dijo con una sonrisa que pretendía ser animosa.
—¿Otro día? Sí, claro —musitó ella con voz átona. Luego levantó la mirada lentamente hasta encontrarse con la de él, con timidez, como si no se conocieran desde niños—. Thalak… ¿bebiste durante el brindis?
—¿Qué? —La pregunta le desconcertó unos instantes—. Sí, claro. Ya vi que tú no…
—¿Lo hiciste? Oh, no. —La chica se cubrió la boca con una mano y le miró con horror—. ¿No te diste cuenta…? Era un ritual. Magia de brujos hechiceros. El baile, la música, el discurso…

El orco repasó mentalmente lo que recordaba de aquel monólogo del Rey-Reina, intentando buscar algún punto que le explicara la reacción alterada de Cuco.
—A ver… no tenían ningún motivo para lanzarnos ningún hechizo —dijo, intentando ser razonable—. Y que yo sepa, tampoco hubo nada particularmente vinculante ni ofensivo, solo un montón de buenos deseos. Aunque hubiera magia —recordó la repentina sensación de paz y bienestar, y pensó que podía ser cierto que hubiera habido algún hechizo por medio—, ¿por qué tendría que ser dañina?
—Porque son brujos, Thalak. Los mismos que destruyeron nuestro hogar. Tendrán algún plan, deben estar conchabados y toda esta bonita fachada es para manipularnos mejor, como su magia maldita… Te lo dije, ¡la única magia buena es la del Viejo Pueblo! ¿Cómo has podido caer…?
—Eh, eh, ¡cálmate! Desde que hablaste con el pelirrojo has estado muy sentida con todo, ¡pero no todo el mundo tiene un plan diabólico para someternos y esclavizarnos! Entiendo tu inquietud, pero estás llevando esto demasiado lejos, ¡y ni tú ni yo sabemos nada de magia realmente! ¿No crees que exageras?
—¿Qué dices, realmente te estás tragando todo lo que te dicen…? ¡Thalak! —La jovencita perdió los papeles y le agarró los antebrazos, clavando las uñas. A la luz de las lámparas, sus ojos parecían tan relucientes y desquiciados como su alocado pelo canoso—. No puedes fallarme, tú no… Todo esto no es más que una reluciente máscara, y cuando caiga, ¿te crees que todo va a ser bonito esta vez? Usan ese cetro mágico, hecho con magia antigua, para lavarnos el cerebro. ¿Cómo puedes confiar en alguien que hace algo así?
—¡Porque lo único que sentí fue calma y buenos deseos! —Thalak se dio cuenta de que estaba gritando y bajó el tono, recordándose que estaban juntos en esto, que Cuco lo estaba pasando mal, que solo estaba reaccionando con miedo ante la novedad—. Si realmente tienen una magia tan poderosa como para cambiar lo que sentimos, ¿por qué no esclavizarnos en aquel mismo instante? ¿Por qué iban sencillamente a desearnos una buena estancia y ofrecernos la posibilidad de estudiar y trabajar? ¿Y la gente que vimos cuando llegamos? En esta ciudad no hay solo malvados daemon, Cuco. Hay enanos, hay humanos, hay de todo.
—¿Y cuántos de ellos en el palacio real…? Ah, mira, quizás no son tan igualitarios y benevolentes como crees, ¿no? —La chica inspiró hondo—. No sé qué esconden, Thalak, pero lo descubriré.
—Ya basta, Cuco. Te pasas de prudente, estás ya en plena paranoia, y lo peor es que ni siquiera te das cuenta. Ya ni siquiera confías en mí, ni en mi criterio…
—¡Porque también te has dejado hechizar! —Su amiga puso una mano en el pomo de la puerta de su habitación y la abrió—. Y si tú, encantado como estás, ya no confías en mí… es que realmente estoy sola. Otra vez.

La joven se metió en su cuarto y cerró de un portazo.

Thalak se quedó unos instantes anonadado, mirando la madera ante sus narices. Llamó con suavidad a su amiga, pero solo escuchó unos pasos que se alejaban, y agua que caía en un vaso. Suspiró.

Sí, mañana sería otro día y quizás entonces pudiera arreglar las cosas con ella…

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#04 / Un capitulo entero a su disposición: Drama, lore, y....gente muy enfadada.

Thalak buscó a su amiga entre la pequeña multitud que se estaba reuniendo para la fiesta de aquella noche. Los de su raza eran más altos que el humano medio, o que el enano medio ya que estamos, pero su estatura no representaba mucha ventaja entre las incómodas luces que lo dejaban medio cegado debido a su visión nocturna, y el caos con el que se enfrentaba. Lo bueno es que Cuco tenía una cabellera muy característica que incluso entre los daemon hubiera resaltado, pero como ella no era muy corpulenta, rasgo que le había sido de gran ayuda en su supervivencia, se camuflaba entre el gentío.

Movió ligeramente sus orejas, intentando focalizarse en una voz conocida. Sus instintos de cazador estaban aturdidos ante aquel barullo, que estaba empezando a ponerlo nervioso. La silenciosa caravana de refugiados y los días de relativa calma que habían sucedido a su llegada no le habían preparado para aquella situación. Los únicos momentos de su vida en los que había visto tanta gente reunida

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